Zamora, en el Estado de Michoacán, donde permaneció desde 1886 hasta 1891.
Los problemas económicos que atenazaron a su familia, un hogar de clase
media venido a menos, le forzaron a dejar inconclusos sus estudios
eclesiásticos, sin que pueda descartarse por completo la idea de que su
decisión fuera también influida por sus propias inclinaciones. En
cualquier caso, siguió alentando en su interior una espiritualidad
mística, nacida sin duda en estos primeros años y que empapó su
producción lírica en una primera etapa; en ella meditó fundamentalmente
sobre la existencia humana, sus problemas, sus conflictos y sus
misterios, y sobre el eterno dilema de la vida y la muerte.
Abandonados los estudios, empezó a ejercer el periodismo, profesión que
desarrolló primero en Mazatlán, en el Estado de Sinaloa, y más tarde en
la propia Ciudad de México, adonde se trasladó temporalmente en 1894.
Sus colaboraciones aparecieron en la Revista Azul. Junto a su amigo
Jesús E. Valenzuela, fundó la Revista Moderna. Estas dos publicaciones
fueron el resultado de las ansias e impulsos modernistas que
aparecieron, en aquella época, en todos los rincones de la
Latinoamérica literaria y artística.
En 1900, el diario El
Imparcial lo envió como corresponsal a la Exposición Universal de
París, donde residiría durante dos años. Entabló allí conocimiento y
amistad con el gran poeta nicaragüense Rubén Darío, quien más tarde
diría de Nervo: "se relacionó también con el grupo de literatos y
artistas parnasianos y modernistas, completando de ese modo su
formación literaria."
Todos los estudiosos parecen estar de acuerdo
en afirmar que adoptó los principios y la filosofía del Parnaso, grupo
de creadores franceses que intentaba reaccionar contra la poesía
utilitaria y declamatoria tan en boga por aquel entonces, rechazando
también un romanticismo lírico en el que los sentimientos, las
encendidas pasiones y las convicciones íntimas de los autores,
interfiriendo en su producción literaria, impedían, a su entender, el
florecimiento de la belleza artística pura.
En París conoció a la
que iba a ser la mujer de su vida, Ana Cecilia Luisa Dailliez, con la
que compartió su vida más de diez años, entre 1901 y 1912, y cuyo
prematuro fallecimiento fue el doloroso manantial del que emanan los
versos de La amada inmóvil, que no vio la luz pública hasta después de
la muerte del poeta, prueba de que éste consideraba su obra como parte
imprescindible de su más dolorosa intimidad. Su Ofertorio supone, sin
ningún género de duda, uno de los momentos líricos de mayor emoción,
una de las joyas líricas más importantes de toda su producción poética.
Cuado regresó a México, tras aquellos años decisivos para su vida y su
formación literaria y artística, ejerció como profesor en la Escuela
Nacional Preparatoria, hasta que fue nombrado inspector de enseñanza de
la literatura. En 1906, por fin, ingresó en el servicio diplomático
mexicano y se le confiaron distintas tareas en Argentina y Uruguay,
para ser finalmente designado secretario segundo de la Legación de
México en España.
En 1918 recibió el nombramiento de ministro
plenipotenciario en Argentina y Uruguay, el que iba a ser su último
cargo, pues, un año después, en 1919, Amado Nervo moría en Montevideo,
la capital uruguaya, donde había conocido a Zorrilla San Martín,
notable orador y ensayista con el que trabó estrecha amistad y que, a
decir de los estudiosos, influyó decisivamente en el acercamiento a la
Iglesia Católica que realizó el poeta en sus últimos momentos, un
acercamiento que tiene todos los visos de una verdadera reconciliación.